Mentir y mentirte tras la mentira
Te mintieron, aprendiste a mentir y ahora ya no distinguís cuándo te mentís a ti.
De niño dijiste que algo te dolía.
Te respondieron que no era para tanto.
Dijiste que tenías miedo.
Te dijeron que no había nada que temer.
Te enojaste y descubriste que algunas personas preferían tu silencio.
Entonces aprendiste algo: a veces, para conservar a quienes queremos, resulta más fácil desconfiar de lo que sentimos que desconfiar de ellos.
Y empezaste a hacerlo.
Quizá sí exageré.
Quizá no fue tan malo.
Quizá el problema soy yo.
Al principio, algunas mentiras sirven para protegernos. Decimos que no nos importa lo que no podemos tener. Que no necesitamos a quien tememos perder. Que no nos dolió aquello que sabemos que no cambiará.
Lo decimos frente a otros.
Después, a solas.
Y de tanto repetir una historia, podemos olvidar que alguna vez contamos otra.
Entonces ocurre algo extraño: ya nadie necesita mentirte.

Decís que no te importa porque alguna vez fue peligroso admitir cuánto te importaba.
Decís que no necesitás a nadie porque necesitar a alguien alguna vez dolió demasiado.
Decís que estás bien porque hubo un tiempo en que estar mal incomodaba a quienes necesitabas cerca.
Quizá conocerte no consista únicamente en descubrir quién sos.
Quizá también implique preguntarte:
¿Cuántas de las cosas que hoy creés sobre vos comenzaron siendo algo que necesitaste creer para poder quedarte al lado de alguien?
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